cid211
May 1, 2009, 2:47 PM
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Eso. País de mierda lleno de gente de mierda. Y para colmo... no hay nada más asqueroso que un argentino emigrado, viviendo en tierra ajena. España, como si fuera un gran pedazo de mierda que atrae a las moscas argentinas, está llena de ellos. Pobre España, España la bruta, España la tosca, España la que quiere ser culta como su pasado culto. Pero no podrá si los inmigrantes siguen siendo estos moros traficantes, estos subsaharianos empeñados en no adaptarse, estos sudacas no instruidos. Y, sobre todo, estos putos argentinos con sus putos "vos" y sus putísimos "che" y sus inaceptables "boludo". España la triste, España la vieja al menos podría haber recibido a los argentinos "bien". A los que se educaron apropiadamente, a los que hacen un uso correcto de la lengua, a los que tienen distinción y cierto aire de mundo. Pero le tocó lo peor a la pobre España... le tocó los argentinos bien pero bien clase media, los argentinos de aspiraciones mediocres y de poco vuelo, los que atienden mesas y los que labran el pan. Los cultos están en algún lugar, escondidos... Claro, la historia es cíclica y todo lo que viene (el gallego bruto, el andaluz trabajador, el catalán silencioso de principios de siglo XX) tiene que volver (esa masa amorfa de tercera generación de italianos argentinizados, que hacen del amiguismo una forma de vida y del robo simpaticón un motivo de complicidad). Analicemos dos ejemplos que acontecieron simultáneamente. Mientras Juan Román Riquelme, supuesta estrella de la Selección Nacional Argentina y máxima esperanza de toda una nación, echaba a perder el penal que le daría al modesto Villarreal la oportunidad de soñar con la final de la Champions League en el último minuto, la moza (argentina) que me atendía en el bar donde me encontraba cometía un grosero acto de argentinidad. Dispuesto a pagar las dos cervezas que me había tomado, la joven (vulgar, impostádamente simpática, grosera hasta en sus formas) me dice que debo pagar tres cervezas. Me niego rotundamente. - Sé que fueron tres, pero te cobro dos - dice, sin mosquearse, acelerada, como si quisiera evidenciar que tiene mucho trabajo. Pago mis dos cervezas con todo el odio del mundo. - El hecho de que me dijeras que tomé tres pero quise pagar dos me pareció una desubicación - le dije, para que supiera mi desprecio sin perder mi caballerosidad. Se hizo la desentendida y desapareció, como si fuera mi culpa. Típicamente argentinas, las dos acciones. a) Desaparecer en las difíciles, asustarse ante la posibilidad de la grandeza, mostrarse como un perdedor por miedo a triunfar. Eso hizo Juan Román Riquelme, en representación de 40 millones cobardes que sólo saben hablar. b) Cometer un error grosero, acusar a otro y, una vez evidenciado el error, negarse a reconocerlo y disculparse. Eso hizo la mesera, esa turquita regordeta que representa la falta de educación, de nobleza, de elegancia y de refinación que no es más que un estereotipo detrás del cual se esconden tantos otros. Y yo, en el medio, pago el precio. ¿Cómo? Siendo argentino. No lo niego, lo reconozco. Pero con toda la vergüenza del mundo. Porque yo me esfuerzo por ser educado, por ser respetuoso, por ser valiente y por dar la cara. Pero me antecede esta imagen, la imagen que el mundo tiene de nosotros. No se trata de hacerse el mártir ni de montar el ejemplo. Pero yo me merecía algo mejor. No sé, la neutralidad suiza, o la frialdad japonesa, o el automatismo sueco. No esto. No el castigo de tener que detestar a mi propia gente, con la cual comparto apenas ciertas pasiones futbolísiticas y culinarias y algún que otro modismo verbal. Algo jodido habré hecho en una vida anterior para que en esta me tocara este castigo. El infierno, como dijo JPS, son los otros.
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