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ARGENTINOS CRUZAN POR CIENTOS DESIERTO DE ARIZONA ILLEGALMENTE
clarin.com


Jul 5, 2005, 4:00 AM


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  INMIGRACION A ESTADOS UNIDOS: LA DESESPERADA BUSQUEDA DE UNA VIDA MEJOR
La pesadilla de los argentinos sin papeles detenidos en EE.UU.





Intentan ingresar desde México. Cruzan la frontera y deben atravesar a pie el desierto de Sonora, pasar a nado el Río Grande u ocultos en el baúl de un auto. Clarín habló con ellos antes de ser deportados.




Ana Baron. ARIZONA. ENVIADA ESPECIAL
abaron@clarin.com
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Deténganse, documentos hijos de perra..." La orden paralizó el corazón de Tomás Aquino, un argentino de 49 años. Una gota de sudor recorrió su frente. Lo primero que pensó fue en sus dos hijos, Lorena y Mario.

Después de haber atravesado el desierto de Sonora, habiendo sobrevivido el intenso calor, la angustiante sed y el hambre que padecen muchos de los inmigrante que llegan a Estados Unidos a pie y sin papeles, en busca de un futuro mejor para su familia, el sueño de Aquino se convirtió en una pesadilla en menos de 10 segundos. "Manos arriba, quedan ustedes detenidos", gritó el agente de la Patrulla Fronteriza.

"Sabía que muchos mueren en el desierto. Es cierto que la travesía fue dura, muy difícil. Pero el peor momento, de lejos, fue cuando fui detenido. Se me vino el alma piso", admitió Aquino a Clarín, explicando que "lo hice para que mis hijos puedan ir a la universidad".

Como en el caso de Aquino, todas las ilusiones de Diego Picolomini, otro argentino de 29 años, murieron súbitamente cuando en el control de migraciones de Tijuana le pidieron su pasaporte: "Es falso", le gritó el agente.

"Enseguida me di cuenta que había sido un estúpido. Compré el pasaporte en México por 900 dólares y tenía que pagar otro tanto si lograba pasar inmigración. Ahora no sé como voy a hacer para poder volver a ver mi hija de seis meses que está en California", se lamentó ante Clarín.

Las experiencias de Tomás y de Diego son sólo una pequeña muestra de lo que viven cientos de argentinos que, desde que estallo la crisis económica, intentan emigrar a Estados Unidos sin papeles. Atravesando a pie el desierto, nadando por el Río Grande o en el baúl de un auto. Todos conocen los riesgos. Algunos mueren ahogados, otros deshidratados. Y la mayoría son detenidos y deportados. Sin embargo, nada parece disuadirlos.

Clarín accedió a las estadísticas del Servicio de inmigraciones. Ilustran bien el problema: en el año 2004 hubo un total de 5075 argentinos deportados, es decir casi dies por día. El número de expulsados comenzó a aumentar a partir de 2001, debido al efecto combinado de la crisis económica en la Argentina y el mayor control policial en EE.UU. tras los atentados del 11 de setiembre. Mientras que en 2000 hubo 1038, en 2001 subió a 4050, en el 2002, a 4096 y en el 2003, a 5024.

Sólo en el estado de Arizona hay actualmente cuarenta argentinos detenidos esperando ser deportados: Claudio Acosta, Gaspar Valdeone, Eduardo Moreno y Alberto Rubios. Otros 36 más serán expulsados de California.

"Si bien el porcentaje de argentinos que llegan a Estados Unidos sin papeles es menor al que proviene de países suramericanos, igualmente uno de las principales tareas del consulado es protegerlos y asegurar que sus derechos sean respetados", afirmó a Clarín el cónsul argentino en Los Angeles, Luis Kreckler.

Tomas Aquino y Diego Picolomini tienen poco en común. Aquino proviene de una familia miserable de Misiones. Es jubilado de la Prefectura Naval donde irónicamente desde 1983 hasta el 2002 se desempeñó en el control fronterizo en Ushuaia. Diego creció en la zona de Pilar en el seno de una familia más "acomodada". Trabajó en varios sitios de Internet y en el diario local de Pilar. Pese a las diferencias que los separa, el destino quiso que ambos compartan la misma barraca en el centro de detención del Departamento de Seguridad Interior, ubicado en la ruta 8 que une California con Arizona.

De lejos lo que más impresiona son los alambres de púa, hacen recordar a los campos de concentración donde convivimos. Adentro hay todo tipo de medidas de seguridad. "En cuanto llegué me sacaron todas mis pertenencias. Me dieron un par de pantalones, una remera y calzoncillo", contó Aquino, quien fue detenido a sólo 10 kilómetros de su destino final: San Diego. "Casi lo logro", se lamenta mostrando la foto de su hija que milagrosamente sobrevivió intacta la lluvia de dos de los cuatro días que duró el cruce de las montañas de Sonora.

A diferencia de los demas migrantes que pagan hasta 7.000 dólares para que los llamados "polleros" o "coyotes" los guíen en el desierto, Aquino decidió confiar en la brújula que utilizaba en sus épocas de prefectura. "Los polleros son siniestros, violan a las mujeres y dejan abandonados en el desierto a los que no resisten el calor. Yo me junté con cinco ecuatorianos y nos largamos solos", relata. Caminaban de noche, se escondía detrás de los arbustos de día. Las montañas en esa área son rocosas y hay desprendimientos. Tras ser detectados por uno de las docenas de sensores que EE.UU. colocó en el área, Aquino y sus compañeros se pasaron un día y una noche aterrados esperando que el helicóptero que los sobrevolaba se fuera. "Afortunadamente no pudo aterrizar porque había cables de alta tensión", declaró.

En el centro de detención donde dialogaron con Clarín antes de ser deportados, Aquino y Picolomini vivían en una barraca junto a otros 75 inmigrantes frustrados. "Lo peor de todo es la sensación de encierro", aseguró Picolomini. Ambos se quejaron además de que los los centroamericanos odian a los argentinos. "Yo conozco casos de compatriotas que fueron denunciados a la migra", dijo Aquino.

Lo que puede contribuir también a la manera en que los argentinos están siendo deportados: el número no hace más que aumentar año a año.