yanosequepensar
Abr 28, 2009, 10:09 AM
Reportar Abuso
|
Editorial El Nacional Triunfo de Correa ¿Molde bolivariano? Son muchas las coincidencias que se anuncian entre el gobierno del presidente Rafael Correa en Ecuador, recién reelecto, y el régimen militarista de Venezuela. De lo que poco se ha hablado es de las diferencias subterráneas, pero no por ello menos significativas, entre el dirigente civil ecuatoriano y el militar venezolano. Basta recordar que cuando José Vicente era canciller e inauguraba la diplomacia de maletín (precursora de Antonini), el principal adversario de Correa, el coronel Lucio Gutiérrez, habría recibido desde estas tierras una generosa transfusión de dólares. Nuestra embajada en ese país era una suerte de Stanford Bank para cuanto bicho de uña se sintiera izquierdista. Pero Rafael Correa desde la oposición no cejaba en sus empeños y atrajo a los movimientos indígenas que veían en Lucio Gutiérrez el hombre que los reivindicaría de tantos siglos de opresión. Correa comprometió a las clases medias, a los campesinos y a los universitarios para iniciar una amplia protesta que llevó al derrocamiento y fuga de Gutiérrez. Después la mesa estaba servida para iniciar lo que es ya una receta, aunque deleznable y autoritaria, para darle vida al modelo bolivariano de manipular y torcer la voluntad popular. El mecanismo se activa con un simple lema propagandístico de inagotable posibilidades: "Hay que volver a fundar la república". ¿Cuál república? La soñada por Bolívar, y que jamás pudo hacerse realidad porque la "oligarquía" lo impidió con saña, engaño y persistencia. ¿Y cuál es, entonces, la receta? Llamar a una constituyente, "refundar" (¿?) los poderes públicos y las instituciones, enterrar a la vieja república (cuna de todos los males) y proclamar la llegada de nuevos tiempos de justicia e igualdad. Aunque muchos se nieguen a creerlo, esa es la "píldora de la felicidad" en América Latina. Esta incluye, desde luego, la reelección indefinida del caudillo. Si aborrecemos las democracias del pasado, si destruimos el sistema judicial ("corrupto y lleno de tribus") y lo reemplazamos por otro más domesticado, menos polémico y totalmente en contra de la oposición o de los disidentes, pues entonces desembarcamos en la costa del mar de la felicidad. Pero esa felicidad no es para los sectores populares ni para las clases medias, sino para quienes abomban sus fortunas, y esconden sus delitos y los de sus familiares porque tienen el chaleco antibalas del Tribunal Supremo a su favor. Con la excusa de destruir el pasado, los nuevos gobiernos bolivarianos en esta parte del continente logran un sueño que ni siquiera Simón Bolívar imaginó en sus mayores delirios: mandar sin que otros poderes se interpusieran en sus arrebatos, neutralizar la capacidad de debatir de los congresos y asambleas, arrodillar a las máximas autoridades judiciales y dejar ciegos a los organismos contralores. Y es que los sueños de Bolívar tienen dos vertientes: la variable militar autoritaria y la sensatez de los poderes civiles. En Santa Marta, él acató esta última voluntad.
|