Viví dentro del clóset hasta los veintitantos. ¿La causa? Que mi madre es Christiana. Y desde muy pequeño, yo solía acompañarla por doquiera a todos los servicios religiosos, y actividades eclesiales y congregacionales. Las más de las señoras, creían que yo era un ángel, o algo por el estilo.
Mas sólo yo sabía que dentro de mí ardía un fuego violento, que no era precisamente el fuego del Espíritu Santo. Y que tenía que ver con la carne y la piel de otros hombres hermosos.
Sentía tanta vergüenza tan sólo de pensar que este fuego interior pudiera contrariar o acarrear ignominia a las "buenas consciencias Christianas" de las comunidades en que nos congregábamos.
Una noche asistí a una fiesta de la Universidad. Revolví ron con brandy y refresco de cola, y me puse hablantín. Llegué en la madrugada a la casa de mis padres, con quienes aún vivía. Mi madre me esperaba despierta a que llegara.
Recuerdo que yo estaba tal vez un poco ebrio aquella madrugada en que me decidí a confrontar a mi madre. Quise que ella supiera que aquella doble vida me hacía tanto daño. Que el malo no era yo. Que me hacía tanto daño tener que responder por la reputación de su Dios y su Cristo con base en la mía propia.
Yo pienso que a mi madre no le ha caído el veinte de que yo soy así. Muchas veces me ha dicho que estoy muy confundido para deliberar torno a este asunto. Dicen que no hay peor ciego que el que no quiere ver. Pero al menos a ella ya no le hace daño lo que pase en mi vida sobre el particular.
Seas gay, o lo que seas, nunca te falta alguien que te haga el desfavor de divulgar lo poco o lo mucho que pueda pretender saber sobre tu vida. Y así pasó en mi caso. Las señoras del barrio corrieron el rumor de que Rafa era puto.
De un momento a otro, la gente de mi calle comenzaba a esquivarme, me veían de reojo, o con curiosidad; ya no me sonreían, o evitaban mirarme. Una experiencia así es tan desagradable... que no se le desea ni a tu peor enemigo...
Mas yo me lo tomé con tal filosofía: en mi caso concreto, mi hombría y virilidad es algo que yo nunca he fingido, y que siempre he sentido. Me gusta ser un hombre. Estoy muy orgulloso de ser uno. Y juzgo un privilegio haber nacido hombre.
Así que al asumir que yo era un hombre homosexual, en mi comunidad, todos saben muy bien que yo jamás he sido como esa loquita resquebrajadiza que vive en la cuadra siguiente, y que tanto critican por su afeminamiento.
A todos les extraña que a mí "no se me note", y aún más los intriga el que yo no lo niegue. Sobre la identidad, yo vivo convencido que ésta NO debe ser algo que "se te note" a pesar de ti mismo; sino algo que tú asumes y declaras libre, deliberada, consciente, voluntaria y responsablemente, aunque "no se te note".
De otra parte aprehendí que la gente de la calle, es gente de la calle. Siempre va a hablar de ti. Y nunca va a estar contenta, cualquier cosa que hagas, y así puedas llamarte George Bush, Vladimir Putin, o Benedictus Xvi.
Rafael de Domínguez y Hernández.
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