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Amonestación a Pelle-Porne
certus


Oct 22, 2006, 10:24 PM


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Pelle-Porne:

Te puedes tomar estas breves líneas como una admonición, ó como lo que tú más gustes y/o prefieras, ¡ja!, para el caso es lo mismo...

Ya deja de llenar de tu basura barata, que escribes con tus dedos de tus patas, nuestras conversaciones, dentro de las cuales, tus discursitos cursis no tienen por qué estar. Me lates que eres uno de esos mariconcitos putos y babosos a los que les fascina echar su propia mierda sobre todos aquellos a quienes les fascina tratar de ensombrecer con su pálida luz de luciernága a medio morir después de fumigada. ¡Puto mariconcito de mala ralea, y peor entraña! Ve a tratar de llenarles los ojos y oídos de tu filosofía barata de remate a los mariconcitos y manfloros floripundios de tu misma ralea.

Cool

Rafael C. Zertuche, Madrid, U.E.
Certus@terra.com

P.D.: Si otros participantes de estos foros tienen algo oportuno que agregar al respecto, este es el momento.
Re: [certus] Amonestación a Pelle-Porne
certus


Oct 22, 2006, 10:33 PM


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Glosa marginal:

Y cuando categóricamente yo afirmo que en las conversaciones reales en el foro tus discursitos cursis no tienen por qué estar, es porque en definitiva, ni van siquiera al caso. ¡Cuán desafortunadas son tus intervenciones! ¡Nadie te puede ver! Pues eres demasiado impopular por estos lares. De veras que es dudoso y cuestionable que exista algún lugar en este mundo dentro del cuál tú quepas.

Rafael C. Zertuche, Madrid, U.E.
Certus@terra.com
Re: [certus] Amonestación a Pelle-Porne
jeannicolletdebelleborne


Oct 23, 2006, 5:44 AM


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De una masa preparada e ilustrada de ese modo nació la comedia nueva, aquel ajedrez dramático con su luminosa alegría por los golpes de astucia. Para esta comedia nueva Eurípides se convirtió en cierto modo en el maestro de coro: sólo que esta vez era el coro de los oyentes el que tenía que ser instruido. Tan pronto como éstos supieron cantar a la manera de Eurípides, comenzó el drama de los jóvenes señores llenos de deudas, de los viejos bonachones y frívolos, de las heteras a la manera de Kotzebue, de los esclavos domésticos prometeicos, Pero Eurípides, en cuanto maestro de coro, fue alabado sin cesar; la gente se habría incluso matado para aprender aún algo más de él, si no hubiera sabido que los poetas trágicos estaban tan muertos como la tragedia. A1 abandonar ésta, sin embargo, el heleno había abandonado la creencia en su propia inmortalidad, no sólo la creencia en un pasado ideal, sino también la creencia de un futuro ideal. La frase del conocido epitafio, «en la ancianidad, voluble y estrafalario», se puede aplicar también a la Grecia senil. El instante y el ingenio son sus divinidades supremas; el quinto estado, el del esclavo, es el que ahora predomina, al menos en cuanto a la mentalidad.
Amonestación a Pelle-Porne
certus


Oct 23, 2006, 12:44 PM


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¡Jodido mariconcito manfloro floripundio! ¡No te hagas el occiso! ¡Date por aludido! Eres un mariquita que nomás no te animas a enfrentarte a tu sino...

Rafael C. Zertuche, Madrid, U.E.
Certus@terra.com
Re: [certus] Amonestación a Pelle-Porne
jeannicolletdebelleborne


Oct 23, 2006, 3:38 PM


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De uno de los más recientes suicidios en los últimos años no se conocería la verdadera historia si yo no tuviese el vicio de andar en busca de los raros con la esperanza -casi siempre superflua- de hallarme con un grande.
Todos nosotros sabemos qué defectuosas son las estadísticas; digo a propósito defectuosas, en el sentido de insuficientes. Aunque algunos equilibrados vegetantes lamenten con cara de pavor el crecimiento continuo de las muertes voluntarias, sé bien, por mi parte, que no todas son registradas. Entre los enfermos y los aparentes asesinados, los suicidas menudean. Constituyen, quizás, la mayoría. Algo me impulsa casi a decir que cada muerte es voluntaria. Pero ¿cómo? ¿De qué manera? ¡Ay de mí! ¡De maneras comunes, vulgares, vulgarísimas! Falta de sabiduría, falta de voluntad -pocos son los que prevén y pueden. Un arrojarse al encuentro del destino casi como pájaros dentro de la serpiente o locos en la hoguera. Hombres que no han querido vivir y han preferido el breve presente al largo y cierto porvenir. Leopardi aprobaría: pero ¿quién puede negar que ésas son vidas truncadas?

El suicidio cuyo misterio he sabido no se parece a ninguno de los conocidos hasta ahora. Ni la historia ni la crónica nos hablan de otro parecido o igual.

Era difícil encontrar un medio no utilizado por ninguno. Todos los expedientes menos obvios fueron descubiertos y utilizados: cada tanto los diarios, hartos ya desde hace mucho de los habituales pistoletazos y los cotidianos envenenamientos, exponen alguno, como variedad curiosa, para hacer sonreír agradablemente al lector optimista. Y sin embargo él lo encontró y lo practicó. Conocí al futuro suicida de una manera curiosa. (Debo advertir que de las personas que me han sido presentadas habitualmente no extraje nunca nada de extraordinario). Hurgaba una mañana en un quiosco ambulante de libros viejos cuando cayó en mis manos el primer volumen de la traducción francesa de Los demonios, de Dostoievski. Lo había leído hacía ya mucho tiempo y varias veces; además, era el primer tomo solamente y no tenía, por ello, ninguna intención de comprarlo. Pero sin saber cómo empecé a hojearlo e instintivamente di en las páginas en las que el ingeniero Kiriloff expone con tanta simpleza sus ideas sobre el suicidio. Había notado en los márgenes marcas violentas de lápiz rojo pero aquí se hallaban incluso anotaciones. Estaban escritas con lápiz negro y eran borrosas. Sin embargo, las descifré:

"Así no." "Está bien: es necesario superar el temor de la muerte y por lo tanto prepararse para ultimarnos, pero no así." "El suicidio con las manos: cosa de carniceros. No se llega..." "Tener presente la idea de mi método. Es necesario negar, destruir la vida por sí mismo, poco a poco, no destrozar el cuerpo de golpe: es estúpido..."

Estas pocas líneas, escritas a lo largo de los márgenes, excitaron mi curiosidad como no me ocurría desde hacía mucho.

¿Quién podía ser el que había escrito tales palabras? ¿Y cuál era su método, su muerte sin morir? Seguí nerviosamente hojeando el volumen. Me sorprendí: sobre la guarda inicial se hallaba lo que estaba buscando: un sello -uno de esos horribles sellos violetas de uso comercial- con un nombre, un apellido y una dirección.

Ottoné Kressler
Via delle Ruote, 25. 1º piso

Di unas monedas al librero y me fui de prisa a casa con el libro en el bolsillo. No bien estuve en mi cuarto lo examiné detenidamente: había otras notas pero no agregaban nada más extraño a los que ya había leído antes. Eran suficientes aquellas, sin embargo, para que no tuviese paz, hasta que no hubiera encontrado al dueño del libro. ¿Pero habría sido él el autor de las notas? Y ese nombre alemán del sello, ¿sería el del último dueño, y el del misterioso glosador? Y si fuera él, ¿viviría siempre en la misma casa? Por más conjeturas que hiciera, no había otra solución que ir tras ese hilo, el único. No podía estar como sobre ascuas. Retomé el libro y el sombrero y volví a salir.

En pocos minutos -tengo las piernas largas y la prisa de los nerviosos- llegué al número veinticinco de Via delle Ruote.

Llamé a la portezuela sucia de la calle. Una puerta interior se abrió:

-¿Quién es?

Era una voz de niño. En efecto, una vez que subí dos tramos de escalera, vi en el vano a una muchachita pálida de delantal rojo y pies descalzos:

-¿A quién busca?

-¿Vive siempre aquí el señor Ottone Kressler?

La chica abrió los ojos y pensó. Luego, de pronto:

-¡Mamá! ¡Mamá! Ven.

Se adelantó una mujercita de unos cuarenta años, rostro despectivo y socia como la hija. Me miró mal:

-¿Qué deseaba?

Repetí el nombre. Advertí que mi pregunta no producía placer alguno.

-¿Lo conoce? -preguntó, recelosa.

-No lo conozco, pero tengo necesidad de verlo inmediatamente.

La mujer estaba dudosa, pero predominó el temor.

-No vive más con nosotros Hace tres meses que se fue.

-¿Y dónde está ahora?

-No lo sé.

-¿De veras? ¿Y no hay nadie que pueda saberlo?

-Intente con el vinero vecino y pregunte por Cechino. Él le recibía las cartas.

Saludé y bajé. Había, a dos pasos de la casa, una de aquellas vinerías de visillos rojos, color de sangre sucia y de vino malo, con un botellón pintado sobre el cartel a la izquierda. Entré. ¡Qué tufo! Por suerte no había nadie, ni siquiera un parroquiano al mostrador.

-¿No hay nadie aquí? -llamé en voz alta.

Oí en la penumbra del fondo un revolver de paja y de taburetes y vino a mi encuentro una mujer con el rostro encendido que me miró de pies a cabeza entre confusa y amenazante.

-¡Hay gente! -gritó sin aproximarse.

Detrás de ella surgió de entre las tinieblas un jovenzuelo rubio de delantal azul turquí arrollado en torno de la cintura:

-¿Qué deseaba?

-Disculpe, ¿es usted Cechino?

-Sí, soy yo.

-¿Conocía a un señor Ottone Kressler, que vivía acá al lado?

-Claro que sí. Pero se ha ido.

-¿Y dónde está?

Comprendí que tampoco él tenía deseo alguno de contestarme. Me miró fijamente y luego me dijo en voz baja:

-Perdón, no es por nada, pero ¿qué gana con esto? Porque, a decir verdad, es un pobre desgraciado y ni siquiera él sabe lo que hace. Ha dejado muchas deudas de poca monta entre los vecinos y me parecería un pecado mandarle otro acreedor más. Nunca delaté a nadie, Dios mediante, y vivir, vivo lo mismo...

-Se equivoca: no necesito nada de él. Antes bien, acaso pueda darle algo y necesito verlo por un asunto muy importante... No lo he visto nunca hasta ahora.

-Mire, no le hará mucho caso. ¡Si viera que tipo cómico es! Y parece como si no recordara nada ni le importara nada de nada. A veces suele hablar de sí mismo... Sin embargo es un buen muchacho, y cuando tiene no es estirado como tantos.

-Escuche: me dijeron que usted sabe dónde vive ahora; dígamelo. Me hará un bien a mí y también a él.

El jovencito me miró de nuevo fijamente; luego, sea porque se persuadió de que yo no era ni policía ni acreedor, sea porque le importase poco el secreto, me dijo:

-Si no lo llevaron al hospital en estos días. Está en Via della Stufa Nº 2.

Agradecí y salí rápidamente.

De Via delle Ruote a Via della Stufa no hay mucha distancia y llegué sin darme cuenta.

El número dos correspondía a uno de aquellos viejos palacios florentinos de mil cuatrocientos o mil quinientos, con ventanales de arco redondo ornados de sillares rústicos en piedra marmórea y con la galería ¿tapiada? en lo alto. Algo descascarado y bastante sucio; ventanas semitapiadas, signos de envilecimiento en todas partes.

Había un portero remendón que sin alzar la cabeza del zapato y sin gesto alguno de sorpresa contestó a mi pregunta:

-En el último piso, a la derecha.

Subí la escalinata deshonrada por escupitajos y telarañas; una vez arriba, llamé. Apareció otra chiquilla. El señor Kressler estaba en casa y me recibió en el umbral de su cuarto. Quizás olvidaré al pasar de los años su figura, pero hasta este momento la conservo nítida, intacta y profundamente grabada en mi mente.

Ottone Kressler era, como me lo imaginaba, alto y enjuto. Su rostro alargado y estrecho, como si le hubiesen comprimido a la fuerza las mejillas cuando niño, parecía la caricatura de una aparición hoffmanniana. Órbitas profundas, increíblemente profundas, con dos resplandores en el fondo; nariz larga, curva, espiritual; boca sinuosa pero no de expresión femenina y voluptuosa sino sarcástica y amarga; dientes caballunos; mentón casi en punta. La cara, afeitada, era totalmente roja, pero no de ese rojo sano y natural que se ve en la plenitud de las mejillas sino de un rojo oscuro, como de sangre revuelta, que invadía todo hasta llegar al cuello. Estaba mal vestido y llevaba un sobretodo gris apagado y un sombrerete en la cabeza como si estuviera por salir.

Mi exaltación por verlo había sido tan grande que no pensé en las primeras palabras que le diría, en una excusa razonable de mi visita. Mientras me aproximaba no sabía qué decirle. La necesidad me decidió por la franqueza.

-¿Es usted el señor Kressler?

El joven indicó que sí. Necesitaba hablarle inmediatamente.

Me señaló su cuarto y entré. Era una habitación grande y casi vacía que daba a los tejados. Sobre un largo cajón de embalaje estaba tirado un colchón y sobre el colchón una alfombra y una almohada. No había sillas: sólo un sillón de junco. Sobre la pared, suspendidas con cordeles, tablas cargadas de libros, y en un rincón un atril de música, grande y negro, y, por lo que pude apreciar, de sólida y antigua fabricación. Kressler indicó el sillón y se sentó sobre el falso lecho, mirándome silenciosamente a los ojos como si esperase de mí todo el gasto de la conversación.

No perdí mi coraje: extraje del bolsillo el volumen de Dostoievski y se lo alcancé.

-¿Es suyo este libro?

-Era mío hace un tiempo. Me lo llevaron con otros libros de la casa donde vivía y vendieron todo para cobrarse. El segundo tomo lo tengo todavía. La dueña era ignorante...

-¿Y esta nota marginal es suya? -agregué indicándole las líneas manuscritas junto al párrafo de Kiriloff.

-Es mía. Pero ¿por qué?

El señor Kressler era muy tranquilo y parecía insensible a la extravagancia de mi visita y de mis preguntas.

-Porque -lo interrumpí abruptamente-, porque he leído estas palabras y vi en ellas la alusión a un método, a un método nuevo de muerte, a una muerte sin manos, a un suicidio superior. Me ocupo mucho de esto y tengo algunas ideas... Busco a todos aquellos que sienten la responsabilidad de la elección y no se deciden a una salida por una puerta cualquiera. He venido para que me diga si este método existe, si verdaderamente usted ha encontrado algo y si este algo se realizará...

A medida que hablaba, mi oyente iba perdiendo algo de su calma. Desde el fondo de las órbitas las pupilas se acercaban hacia mí y cada ojo salía de su cuenca como un animal que se asoma a la boca de su cueva.

-Sí, sí... ¡Es así! -exclamó- ¿Puede ser posible que alguien piense seriamente en esto? ¡Y en Italia! ¿Usted vino a verme por el problema de la verdadera muerte?

-Solamente por esto.

El señor Kressler se levantó. Parecía conmovido. Su mano buscó y estrechó la mía. Tuve que decirle mi nombre. Vi reflejado en su rostro el deseo de abrazarme.

-Podríamos conversar ahora -agregué-. Pero, ¿usted salía?

-No, de ningún modo. Estoy vestido siempre así, incluso en casa. No me gusta desvestirme. Con mucho gusto podemos hablar ahora, en seguida, cuando quiera. Le contaré todo, le diré lo que usted desea. Antes de morir, la idea será suya. Transfusión y comunicación: no lo había pensado, no tenía a nadie. ¡Tantas orejas, pero qué pocos cerebros! ¡Y luego, aquí! Quizás en Alemania... Pero no puedo volver: ¡la miseria! ¡Mire esto!

Y me señalaba la estancia vacía, las vigas del cielo raso, los vidrios de las ventanas rotos, emparchados con tiras de papel.

-¿Quiere saber mi historia? ¡Pero si mi historia comienza ahora! El primer capítulo de mi vida será el último y el epitafio puede servir también como título. Tengo apellido alemán: mi padre era bávaro y emigró a Italia. Pero mi madre es italiana y vive todavía y no comprende nada, como todas las madres. Hacía como de empleado o escribiente en un comercio de máquinas. Mi padre era un hombre moderno, de la era industrial, y con algún toque a lo Bismarck. Cretino, por lo demás, y empeorado por Goethe y el Chianti, al que se había aficionado en los últimos años. Yo escribía, copiaba, sumaba y siempre estaba en mí la idea de la vida. Historia vulgar: usted lo sabrá de memoria. ¿Qué es? ¿Por qué? ¿A dónde vamos? ¿Vale la pena vivir? Etcétera, etcétera. Al anochecer, en vez de salir, leía o preguntaba a todos los libros aquello que ningún hombre decía. Quería la vida, la más grande y hermosa vida posible, y no la veía a mi alrededor, ni siquiera en aquellos que, según los demás, estaban bien. Y los ideales de los filósofos no me persuadían. Traté de seguirlos, uno tras otro, pero fue una carrera de esperanzas abofeteadas. Y sin embargo, sin un punto de apoyo metafísico, racional, no sabía vivir. Me parecía ser más despreciable que los perros que comen de limosna, pasean con bozal y orinan en todas las esquinas. Dejé el empleo y como consecuencia debí separarme de mi familia. Recorrí el mundo a pie, casi sin dinero; pedía hospitalidad o daba lecciones donde podía. Fui arrestado dos veces pero liberado a los pocos días. Llegué a Alemania: tenía nostalgia de la patria desconocida. Caminaba poco cada día. No bien encontraba un buen lugar me detenía y me tiraba sobre la hierba, en los campos, sobre los bancos de piedra de las pequeñas ciudades tranquilas. Llegaba la noche, surgían las estrellas, pensaba, dormía. Comía poco; bebía en las fuentes, con la boca en los pozos o en las zanjas; dormía como podía, en cabañas o en las casas de los pobres. Y pensaba, pensaba siempre. Pensaba hasta durmiendo. Conocía o adivinaba todas las respuestas a esas preguntas, y sin embargo la luz me llegó de otro, de un cura. Era un cura viejo que encontré un día frente a una iglesia campesina. Iba caminando al azar por el prado con la cabeza inclinada y me vio tan cansado y triste que me saludó y preguntó si quería. beber. Comenzamos a conversar. Le conté algunas de mis dudas, de mis búsquedas, de mis inquietudes. Y entonces escuché las palabras que despertaron de pronto mi mente:

"¿Pero no comprende que el sentido de la vida está en la muerte y solamente en la muerte? ¡Sólo el que quiera morir, el que esté ya muerto en esta vida desde ahora, sólo éste gozará y saboreará y conocerá la vida!"

"Quizás estas palabras eran el eco de algún lugar común ascético y carente, para él, de todo significado profundo. Quizás las extrajo de algún breviario eclesiástico, de donde las había copiado en el seminario, por su apariencia de santa paradoja. No lo sé; para mí fueron el descubrimiento, la iluminación, el principio de la nueva existencia.

"Esa misma noche, en la casa parroquial -adonde el cura me habla invitado a comer y a dormir- las analicé y las trastoqué en todo sentido, las iluminé con todas las luces de mi pensamiento y desenmarañé lo que podían contener y más todavía. Hoy esas verdades me son de tal modo familiares que no sé ya casi qué hacer con ellas y si ahora las recuerdo es para informarle a usted: ¡pero entonces! Que el secreto de la vida se halle en la muerte era algo que siempre había sospechado, pero en un sentido negativo y físico y al mismo tiempo tan arriesgadamente trascendental y fideístico que mi mente no había querido analizarlo a ningún costo. Un pistoletazo: ¡bum! Y luego la luz, la grande, la eterna, la definitiva luz. ¡Puede ser! ¡Quizás! ¿Y si luego no fuese? El príncipe Hamlet no era, por más que digan, un imbécil.

"Pero en las palabras del cura campesino había algo más, no ya la ruptura brutal e instantánea del cerebro, de la circulación, etcétera, para hundirse en el mar esperanzado de las posibilidades sino la muerte en la vida, la realización presente, actual, inmediata del estado de muerte en el estado de vida.

"¿No comprende?"

Y el señor Kressler calló un momento mirándome desde el fondo de sus cuencas iluminadas. No supe qué contestarle en ese instante y en la pausa de silencio que siguió se oyó que la puerta se abría bruscamente. Apareció un hombre bajo, lívido, en mangas de camisa -un hombre vulgarísimo que inconteniblemente me evocó la imagen de un zapatero vicioso-, el que nos contempló a los dos con arrogancia. No bien lo vio, Kressler se levantó, corrió hacia él y salió cerrando la puerta detrás de sí. Inmediatamente estallaron gritos y blasfemias y puñetazos sobre las mesas y ruidos de sillas arrojadas al suelo... No comprendí una palabra: un confuso zumbar de rabia plebeya ocupaba penosamente la casa. Luego de tres o cuatro minutos de silencio, Kressler volvió a abrir la puerta y nuevamente se arrojó sobre el cajón. Tenía la cara algo más pálida y de un largo arañazo sobre la frente, justo sobre la ceja izquierda, descendían gruesas gotas de sangre oscura y densa. El extraño hombre tomó el pañuelo, se lo apretó sobre la pequeña herida y murmuró como una excusa:

-Quieren echarme de cualquier manera... No tendrán que esperar mucho...

Advertí que si yo no hubiese estado allí se habría echado a llorar. Aquella escena imprevista y enigmática me había consternado: me levanté para irme. Al notarlo, Kressler se levantó también y me tendió la mano. Olvidé en ese momento mi preocupación y sin pedirlo más le dije dos o tres palabras de despedida y salí.

Una vez lejos de la casa y de la calle miré a mi alrededor como si me hubiera despertado entonces de un sueño. La noche se acercaba: todas las cosas tenían ese aspecto espiritual e indeciso que sucede a la puesta del sol y las hace parecer como iluminadas interiormente. Los comercios se volvían amarillos y blancos bajo los últimos resplandores; en las calles todavía no oscurecidas las sombras humanas corrían más veloces pero sin ruido. El profundo sentido de la repetida e infinita inutilidad de todo esfuerzo, que vuelve al finalizar cada muerte del sol como maldición del anochecer, penetraba, quizás, hasta en el ánimo de los carreteros silenciosos y de las muchachas furtivas. Caminaba lento y pensativo, siempre avanzando, sin saber dónde detenerme, tratando de recordar sus facciones y sus palabras como si las hubiese visto y escuchado mucho tiempo antes. Pero todo me distraía: la mirada de una mujer, la blasfemia de un muchacho, el cartel luminoso de un teatro. Y cada toque de campana me hacía estremecer: las memorias y las nostalgias oscilaban a porfía pero fatigadas en la oscuridad tumultuosa de mi mente.

De improviso, sonó a mi lado una voz:

-Por aquí, por aquí. Estaremos más solos.

Me volví: era Kressler. Kressler, vestido tal como lo había hallado en su casa, que me miraba como si nada hubiese ocurrido. Me tomó del brazo y lo acompañé. Había salido tras de mí y me había seguido. Marchábamos hacia el río: al fondo del horizonte se veía aún una raya recta, casi blanca. Las llamas amarillas en doble fila tremolaban a lo largo de la corriente tranquila.

Kressler retomó la palabra:

-Creo que usted ya lo ha comprendido. Yo entendí todo inmediatamente, la primera noche. Observe que las palabras del cura no hablan sino de un caso especial de una ley que yo creo y estimo universal. ¡No solamente el secreto de la vida está en la muerte sino que el secreto de la luz está en las tinieblas, el secreto del bien está en el mal, el secreto de la verdad está en el error, el secreto del sí se encuentra en el no! Y entonces, cada Fausto que desea vivir, cada alma ávida que quiere abrazar la vida como se abraza a una amante para sentirla toda, para besarla toda, para gozarla toda debe prepararse para morir, debe meterse dentro de la muerte. Si nosotros logramos en algún momento vivir intensamente es porque la vida es un lento morir y porque cada voluntad es uno de los tantos estremecimientos y estertores de esta larga agonía.

"Desde ese día yo decidí renunciar a la vida, hacerme un alma de muerto, morir rápidamente. Pero no de pronto ni con medios externos y materiales. Ser ya un cadáver antes que fuese necesario el sepelio, y suicidarse de modo que la muerte parezca natural e involuntaria. He aquí mi descubrimiento: matarse con la voluntad, con la propia alma y no con las armas, no con las manos, no con venenos. Morir a fuerza de pensar en querer morir. Eso es lo que estoy haciendo. Esto es lo que quería saber de mí. ¿Está contento?"

Lo miré asombrado porque pronunció estas últimas palabras casi en un tono de rabia despreciativa. Pero en seguida agregó:

"No se preocupe: la muerte todavía no está completa. La verdad es que el suicidio como se practica hoy y se ha practicado siempre me produce repulsión. Esa sangre de los cuchillos, esas contorsiones de los venenos, esos descuartizamientos de las caídas, esos pistoletazos me han parecido siempre algo bajo, brutal, carnicero, innoble. ¿Por qué destruir la obra maestra de nuestro cuerpo con semejantes tajos brutales y anegar la nobleza del alma en esas matanzas repugnantes? El alma lo puede todo, el alma es todo, la voluntad es señora del mundo. Basta con querer morir, pero quererlo seriamente, fuertemente, constantemente, y la muerte poco a poco se instala en nosotros y nos penetra tan enteramente que un soplo solo, después, nos puede derribar. Y querer, en este caso, significa no querer. Para vivir queremos continuamente y para morir es necesario querer siempre menos y querer solamente no querer. La vida entera está hecha de esfuerzos: no esforzándose más, por nada, de ninguna manera, la vida se vacía y se desinfla por sí misma, y la aceptación del todo y la renuncia del todo se equivalen, se funden, son una sola cosa. Difícil es querer pero más difícil, sin parangón, es el no querer más. Aún no lo he logrado. Me estoy matando cada día y cada hora pero de tanto en tanto, cuando menos lo espero, el instinto demoníaco de la resistencia y el impulso loco del deseo vuelven a salir a flote y me empujan hacia atrás, entre los vivos, entre todos.

"Pero ahora estoy más cerca de la muerte, y por lo mismo, de la felicidad, entre tantos que buscan en la vida lo que la vida no podrá dar nunca. Apenas haya muerto, la vida volverá a cogerme como a su hijo preferido y no me será negado nada de lo que el sol ilumina y colora. Y ahora, ya mismo, saboreo de antemano estas alegrías. Para los demás, no significa nada: no como, no leo, no me divierto, no amo, no juego, no gano dinero: estoy ya semimuerto. Apenas si respiro y me muevo... Y, sin embargo, no daría estos días por todas las hermosas mujeres de Londres y todas las cajas fuertes de América. Lo que para los otros es el cielo para mí es una ventana, y toda la tierra, con sus océanos, es un peldaño sobre una torre y nada más, y en el silencio de la noche las músicas que llegan a mi oído son más voluptuosamente dolorosas que las de Chopin y más místicamente solemnes que las de Bach. Ninguna mujer puede ser tan perfecta como aquella que me ama en mi pensamiento y que creo cada día, de la cabeza a los pies, como el buen Dios de la Biblia. Y todos los sistemas y los conceptos de los profundos maníacos que usted y yo conocemos son aros de papel y cometas sin hilo frente al dominio directo de la realidad fuera de las rejas del espacio y de las horas del tiempo..."

Kressler calló de pronto, como antes, cuando el hombre amenazante había aparecido en el vano de la puerta. Miró a su alrededor tratando de escapar a mi mirada. Me pareció que se arrepentía de haberme hablado y que casi se avergonzaba.

-Deme su dirección -agregó-; le avisaré cuando llegue el momento. No venga más a visitarme.

Le di mi tarjeta y nos separamos fríamente. No he visto nunca cara más triste que la suya en aquel anochecer.

Durante cuatro meses no supe nada de él. Hace pocas semanas una mujer vino a buscarme de parte suya.

-¿Qué pasa? -pregunté-. ¿Está mal? ¿Se muere?

-Parece que sí.

Corrí a Via della Stufa. Lo hallé en una auténtica cama y entre las sábanas. Una señora vieja estaba sentada junto a él y lo miraba. Había enflaquecido más pero el rojo oscuro del rostro no había sido cubierto por la palidez final. Me acerqué al lecho.

-Yo tenía razón -me susurró en voz baja-; he logrado el descubrimiento. La voluntad ha sido vencida. Estoy muerto ya. Dentro de pocas horas o pocos días la última apariencia de vida cesará... Nadie me ha matado... Yo solo... sin las manos... ¡Qué felicidad! Ninguna lengua humana podría decir... estoy muerto... yo mismo me he matado... basta con quererlo... Cualquiera puede imitarme, usted sabe mi secreto... Este es el verdadero camino, el único...

La señora, en tanto Kressler hablaba, estaba inquieta: parecía que sufría horriblemente por mi presencia.

Finalmente, no pudo resistir:

-¡Fuera de aquí! -me gritó-. Fuera de aquí, asesino.

Creo que estaba celosa de mí o quizás me creía uno de aquellos que, según ella, habían hecho enloquecer y morir a su hijo. Kressler no intentó desmentirla y entrecerró los ojos como si no quisiera saber más nada. No pensé ni en discutir ni en persuadirla y salí de allí con el corazón trastornado.

Dos días más tarde Kressler moría en el sentido humano y científico de la palabra. Detrás de la carroza fúnebre de segunda clase el coche de la madre se bamboleaba cerrado y lento como un remordimiento.
Amonestación a Pelle-Porne
certus


Oct 24, 2006, 8:53 PM


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Maldita perra loca floripundia:

Por mucho que te hagas la desentendida, sabes perfectamente que eres una basura, cualquiera sea el ángulo desde el que se te mire...

Tongue ¡Jajajajajajajajajajaja!
Re: [certus] Amonestación a Pelle-Porne
jeannicolletdebelleborne


Oct 25, 2006, 3:46 AM


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No sólo recuerdos y resonancias de las artes dramáticas de Grecia podemos detectar en nuestro teatro de hoy: no, las formas fundamentales de éste hunden sus raíces en el suelo helénico bien en un crecimiento natural, bien como consecuencia de un préstamo artificial. Sólo los nombres se han modificado y han cambiado de sitio en varios aspectos: de manera semejante a como el arte musical de la Edad Media continuaba poseyendo realmente las escalas musicales griegas, incluso con los nombres griegos, sólo que, por ejemplo, lo que los griegos llamaron locrio es calificado, en los tonos eclesiásticos, de dórico Con confusiones similares tropezamos en el terreno de la terminología dramática: lo que el ateniense entendía por tragedia nosotros lo subsumiremos acaso en el concepto de gran ópera: al menos esto es lo que hizo Voltaire en una carta al cardenal Quiriní En cambio, en nuestra tragedia un heleno apenas reconocería nada que pudiera corresponder a su tragedia; pero sí se le ocurriría que la estructura entera y el carácter básico de la tragedia de Shakespeare están tomados de la denominada comedia nueva de él. Y de hecho, es de ella de la que se han derivado, en enormes espacios de tiempo, los miste rios y moralidades latino-germánicas y, finalmente, la tra gedia de Shakespeare: de modo similar a como no se podrá desconocer en la forma externa del escenario de Shakespeare el parentesco genealógico con la comedia ática nueva. Así, pues, mientras que aquí hemos de reconocer un desarrollo que avanza de manera natural, y que se con tinúa durante milenios, aquella genuina tragedia de la Antigüedad, la obra de arte de Ésquilo y de Sófocles, ha sido inoculada al arte moderno de un modo arbi trario. Lo que hoy nosotros llamamos ópera, que es una caricatura del drama musical antiguo, ha surgido por una imitación simiesca directa de la Antigüedad: des­provista de la fuerza inconsciente de un instinto natural, formada de acuerdo con una teoría abstracta, se ha portado cual si fuera un homunculus producido artificial mente, como el malvado duende de nuestro moderno desarrollo musical. Aquellos aristocráticos, cultos y eru ditos florentinos que, a comienzos del siglo XVII, provo caron la génesis de la ópera, tenían el propósito claramen te expresado de renovar aquellos efectos que la música había tenido en la Antigüedad, según tantos testimonios elocuentes . ¡Cosa extraña! Ya el primer pensamiento puesto en la ópera fue una búsqueda de efecto. Con tales experimentos quedan cortadas o, al menos, gravemente mutiladas las raíces de un arte inconsciente, brotado de la vida del pueblo. Así en Francia el drama popular fue suplantado por la denominada tragedia clásica, es decir, por un genero surgido nada más que por vía docta, destinado a contener sin mezcla alguna la quintaesencia de lo trágico. También en Alemania quedó socavada a partir de la Reforma la raíz natural del drama, la comedia de carnaval; desde entonces apenas se ha vuelto a intentar crear de nuevo una forma nacional, en cambio se ha pensado y poetizado de acuerdo con las pautas vigentes en naciones extranjeras. Para el desarrollo de las artes modernas la erudición el saber v la sabihondez conscientes constituyen el auténtico estorbo: todo crecer y evolucionar en el reino del arte tienen que producirse dentro de una noche profunda. La historia de la música enseña que la sana evolución progresiva de la música griega quedó de súbdito máximamente obstaculizada y perjudicada en la Alta Edad Media cuando, tanto en la teoría como en la práctica, se volvió de manera docta a lo antiguo. El resultado fue una atrofia increíble del gusto: en las continuas contradicciones entre la presunta tradición y el oído natural se llegó a no componer ya música para el oído, sino para el ojo. Los ojos debían admirar la habilidad contrapuntística del compositor: los ojos debían reconocer la capacidad expresiva de la música. ¿Cómo se podía lograr esto? Se dio a las notas el color de las cosas de que en el texto se hablaba, es decir, verde cuando lo que se mencionaba eran plantas, campos, viñedos, rojo púrpura cuando eran el sol y la luz. Esto era música-literatura, música para leer. Esto que aquí nos parece un claro absurdo, en el terreno de que aquí voy a hablar sólo unos pocos vieron en seguida que lo era. Yo afirmo, en efecto, que el Ésquilo y el Sófocles que nosotros conocemos nos son conocidos únicamente como poetas del texto, como libretistas, es decir, que precisamente nos son desconocidos. Pues mientras que en el campo de la música hace ya mucho tiempo que hemos superado esa fantasmagoría docta que es una música para leer, en el campo de la poesía la innaturalidad del poema-libreto domina de manera tan exclusiva, que cuesta reflexión decirse hasta qué punto somos por necesidad injustos con Píndaro, Ésquilo y Sófocles, más aún, por qué propiamente no los conocemos. Cuando los llamamos poetas, queremos decir precisamente poetas del libro: mas justo con esto perdemos toda intelección de su esencia, la cual se nos descubre únicamente cuando alguna vez, en una hora intensa y rica de fantasía, hacemos desfilar ante nuestra alma la ópera de un modo tan idealizado, que se nos da precisamente una intuición del drama musical antiguo. Pues por muy desfiguradas que se encuentren todas las proporciones en la denominada gran ópera, aun cuando ésta sea producto de la dispersión, no del recogimiento, esclava de la peor de las versificaciones y de una música indigna: aun cuando aquí todo sea mentira y desvergüenza: no hay, con todo, ningún otro medio de hacerse una idea clara sobre Sófocles más que intentando adivinar, a partir de esa caricatura, su imagen primordial y eliminando con el pensamiento, en una hora de entusiasmo, todo lo torcido y desfigurado. Esa imagen de la fantasía tiene que ser investigada entonces con cuidado, y confrontada en cada una de sus partes con la tradición de la Antigüedad, para que no superhelenicemos acaso lo helénico y nos inventemos una obra de arte que no tiene patria alguna en ningún lugar del mundo. Es éste un peligro nada pequeño. Pues hasta no hace mucho tiempo se consideró como un axioma incondicional del arte que toda plástica ideal tiene que ser incolora, que la escultura antigua no permite el empleo del color. Muy lentamente, y con la más vehemente resistencia de aquellos hiperhelenos, se ha ido abriendo paso la visión policroma de la plástica antigua, según la cual ésta no tiene que ser imaginada desnuda, sino revestida con una capa de color. De manera semejante goza de universal simpatía la tesis estética de que una unión de dos y más artes no puede producir una elevación del goce estético, sino que es, antes bien, un extravío bárbaro del gusto. Pero esa tesis demuestra a lo sumo la mala habituación moderna, que hace que nosotros no podamos ya gozar como hombres enteros: estamos, por así decirlo, rotos en pedazos por las artes absolutas, y ahora gozamos también como pedazos, unas veces como hombres-oídos, otras veces como hombres-ojos, y así sucesivamente. Confrontemos con esto la manera como el genial Anselm Feuerbach se representa aquel drama antiguo como arte total: «No es de extrañar -dice- que, dada su afinidad electiva, que tiene unas razones profundas, las artes particulares acaben fundiéndose de nuevo en un todo inseparable, que es una nueva forma de arte. Los juegos olímpicos reunían en una unidad político-religiosa a las tribus griegas separadas: el festival dramático se parece a una festividad de reunificación de las artes griegas. Su modelo estaba dado ya en aquellas festividades de los templos en que la aparición plástica del dios era celebrada, ante una devota muche dumbre, con bailes y cantos. Como allí, también aquí el marco y la base lo forma la arquitectura, mediante la cual la esfera poética superior queda visiblemente apartada de la realidad. En la decoración vemos ocupado al pintor, y en la suntuosidad de los trajes vemos desplegado todo el encanto de un abigarrado juego de colores. Del alma del conjunto se ha hecho dueño el arte poético; pero, una vez mas, no como una forma poética aislada, cual ocurre en el culto del templo, no, por ejemplo, como himno. Aquellos relatos, tan esenciales al drama griego, del ange los y del exangelos o de los mismos personajes que actúan, nos retrotraen a la epopeya. En las escenas apasionadas y en el coro tiene su lugar la poesía lírica, y, ciertamente, según todas sus gradaciones, desde la erupción inmediata del sentimiento, en interjecciones, desde la flor delicadí sima de la canción, hasta el himno y el ditirambo. Con la recitación, el canto y la música de flauta, y con el paso cadencioso del baile no queda aún cerrado del todo el circulo. Pues si la poesía constituye el elemento funda­mental y más íntimo del drama, a su encuentro sale, en esta su nueva forma, la escultura.» Hasta aquí Feuer bach Es seguro que es en presencia de tal obra de arte donde nosotros tenemos que aprender el modo de go zar como hombres enteros: mientras que puede temerse que, aun colocados ante ella, nosotros nos dividiríamos en pedazos para asimilarla. Yo creo incluso que si alguno de nosotros fuese trasladado de repente a una represen tación festiva ateniense, la primera impresión que tendría sería la de un espectáculo completamente bárbaro y ex traño. Y esto, por muchas razones. A pleno sol, sin nin guno de los misteriosos efectos del atardecer y de la luz de las lámparas, en la más chillona realidad vería un in menso espacio abierto completamente lleno de seres hu manos: las miradas de todos, dirigidas hacia un grupo de varones enmascarados que se mueven maravillosamente en el fondo y hacia unos pocos muñecos de dimensiones supe riores a la humana, que, en un escenario largo y estrecho, evolucionan arriba y abajo a un compás lentísimo. Pues qué otro nombre sino el de muñecos tenemos que dar a aquellos seres que, erguidos sobre los altos zancos de los coturnos, con el rostro cubierto por gigantescas máscaras que sobresalen por encima de la cabeza y que están pintadas con colores violentos, con el pecho y el vientre, los brazos y las piernas almohadillados y rellenados hasta resultar innaturales, apenas pueden moverse, aplastados por el peso de un vestido con cola que llega hasta el suelo y de una enorme peluca. Además esas figuras han de hablar y cantar a través de los orificios desmesuradamente abiertos de la boca, con un tono fortísimo para hacerse entender por una masa de oyentes de más de 20.000 personas: en verdad, una tarea heroica, digna de un guerrero de Maratón. Pero nuestra admiración se acrecienta cuando nos enteramos de que cada uno de esos actores-cantantes tenía que pronunciar en un esfuerzo de diez horas de. duración unos 1.600 versos, entre los que había al menos seis partes cantadas, mayores y menores. Y esto, ante un público que censuraba inexorablemente cualquier exageración en el tono, cualquier acento incorrecto, en Atenas, donde, según la expresión de Lessing, hasta la plebe poseía un juicio fino y delicado. ¡Qué concentración y entrenamiento de las fuerzas, qué prolongada preparación, qué seriedad y entusiasmo en el hacerse cargo de la tarea artística tenemos que presuponer aquí, en suma, qué actores ideales! Aquí estaban planteadas tareas para los ciudadanos más nobles, aquí no quedaba deshonrado, aun en el caso de fracasar, un guerrero de Maratón, aquí el actor sentía que, vestido con su ropaje, representaba una elevación por encima de la forma cotidiana de ser hombre, y sentía también dentro de sí una exaltación en la que las palabras patéticas e imponentes de Ésquilo tenían que ser para él un lenguaje natural.

Pero lleno de unción, igual que el actor, escuchaba también el oyente: también sobre él se expandía un estado de ánimo festivo inusitado, deseado largo tiempo. Lo que a aquellos varones los empujaba al teatro no era la angustiada huida del aburrimiento, la voluntad de liberarse por algunas horas, a cualquier precio, de sí mismos y de su propia mezquindad. El griego huía de la dísipante vida pública que le era tan habitual, huía de la vida en el mercado, en la calle y en el tribunal, y se refugiaba en la solemnidad de la acción teatral, solemnidad que producía un estado de ánimo tranquilo e invitaba al recogimiento: no como el viejo alemán, que, cuando alguna vez rompía el círculo de su existencia íntima, lo que deseaba era distracción, y la distracción auténtica y divertida la encontraba en los debates jurídicos, que por eso determinaron la forma y la atmósfera también de su drama. Por el contrario, el alma del ateniense que iba a ver la tragedia en las grandes Dionisias continuaba teniendo en sí algo de aquel elemento de que nació la tragedia. Ese elemento es el impulso primaveral, que explota con una fuerza extraordinaria, un irritarse y enfurecerse, teniendo sentimientos mezclados, que conocen, al aproximarse la primavera, todos los pueblos ingenuos y la naturaleza entera. Como es sabido, también nuestras comedias y nuestras mascaradas de carnaval son en su origen festividades primaverales de ese tipo, que sólo por razones eclesiásticas quedan trasladadas a una fecha un poco anterior. Todo es aquí instinto profundísimo: aquellos enormes cortejos dionisíacos de la Grecia antigua tienen su analogía en los bailarines de San Juan y de San Vito de la Edad Medía, los cuales iban de ciudad en ciudad bailando, cantando y saltando, en masas cada vez mayores. Aun cuando la medicina de hoy hable de ese fenómeno como de una epidemia popular de la Edad Medía: nosotros retendremos únicamente que el drama antiguo floreció a partir de una epidemia popular de ese tipo, y que la desgracia de las artes modernas es no haber brotado de semejante fuente misteriosa. No es un capricho ni una travesura arbitraria el que, en los primeros comienzos del drama, muchedumbres excitadas de un modo salvaje, disfrazadas de sátiros y silenos, pintados los rostros con hollín, con minio y otros jugos vegetales, coronadas de flores las cabezas, anduviesen errantes por campos y bosques: el efecto omnipotente de la primavera, que se manifiesta tan de súbito, incrementa aquí también las fuerzas vitales con tal desmesura, que por todas partes aparecen estados extáticos, visiones y una creencia en una transformación mágica de sí mismo, y seres acordes en sus sentimientos marchan en muchedumbres por el campo. Y aquí está la cuna del drama. Pues su comienzo no consiste en que alguien se disfrace y quiera producir un engaño en otros: no, antes bien, en que el hombre esté fuera de sí y se crea a si mismo transformado y hechizado. En el estado del «hallarse-fuera-de-sí», en el éxtasis, ya no es menester dar más que un solo paso: no retornamos a nosotros mismos, sino que ingresamos en otro ser, de tal modo que nos portamos como seres transformados mágicamente. De aquí procede, en última instancia, el profundo estupor ante el espectáculo del drama: vacila el suelo, la creencia en la indisolubilidad y fijeza del individuo. Y de igual modo que, en contraste total con Lanzadera en el Sueño de una noche de verano el entusiasta dionisíaco cree en su transformación, así el poeta dramático cree en la realidad de sus personajes. Quien no abrigue esa creencia, puede seguir perteneciendo, sin duda, a los que agitan el tirso, a los diletantes, pero no a los verdaderos servidores de Dioniso, los bacantes.
Re: [certus] Amonestación a Pelle-Porne
donjuez


Oct 25, 2006, 5:51 PM


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hye buen amigo cretus,,, esas palabras son mayores,, que haria esta para que salieran de tu alma???.. se que vos sos bueno y para que te irrites de esa manera la cosa fue fatal..

igual tu me caes muy bien, y pienso que sos muy inteligente..

donjuez.. Bogota Colombia
Re: [donjuez] Amonestación a Pelle-Porne
jeannicolletdebelleborne


Oct 25, 2006, 8:46 PM


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Cuando somos adultos solemos acordarnos únicamente de los momentos más significativos de nuestra primera infancia. Aunque yo no soy adulto todavía y apenas si he dejado a mis espaldas los años de infancia y pubertad, he olvidado ya muchas cosas de aquel tiempo, y lo poco que sé, probablemente sólo lo retengo porque lo he oído contar. Las hileras de años pasan volando ante mi vista como si se tratase de un confuso sueño. Por eso no puedo remitirme a alguna fecha concreta de los diez primeros años de mi vida. Sin embargo, aún poseo algo claro y vivo en mi alma, y eso es cuanto desearía, uniendo luces y sombras, plasmar en un cuadro. Pues, ¡qué instructivo es poder observar lo diverso del desarrollo de la inteligencia y el corazón y la omnipotencia de la Providencia Divina que los guía!
Re: [jeannicolletdebelleborne] Amonestación a Pelle-Porne
certus


Oct 26, 2006, 2:35 PM


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¡Hola, qué tal, Don Juez!

¿Cómo ves a este infausto? Le estoy gritando su precio en plena cara, y él va como una loca floripundia pisoteando los prados de flores delicadas en actitud burlona, tirando su basura por todos estos foros sin pensarlo siquiera.
Re: [certus] Amonestación a Pelle-Porne
jeannicolletdebelleborne


Oct 27, 2006, 4:49 PM


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CANADÁ LEGALIZÓ EL MATRIMONIO CIVIL HOMOSEXUAL A NIVEL FEDERAL

CANADÁ LEGALIZÓ EL MATRIMONIO CIVIL PARA TODO DIOS

Canadá es el prístino reino americano en haber conferido el Matrimonio a parejas de idéntico sexo, sean éstas, las parejas formadas de dos hombres o las formadas por de dos mujeres, es lo que comúnmente denominamos matrimonio gay o matrimonio homosexual, esto hizo enojar al nazi papa RAT zingar quien usa el mote de Beno 16, dicho sea de paso, a ése no le enojaba enviar gays y judíos a los hornos para convertirlos en jabón o en botones, no, eso le daba alegría a RAT zingar el nazi papa alemán.

De cualquier modo en Canadá hace ya años que gozamos del Matrimonio Civil Homosexual en varias provincias del país, además gozábamos ya desde hace ya algunos años de otros dos regímenes legales civiles como son la Unión de Hecho y la Unión Civil, ambos regímenes válidos para homosexuales y válidos también para heterosexuales, luego entonces los tres regímenes eran ya válidos y legítimos para hetero y para homosexuales, el lío era que esos matrimonios no tenían validez a nivel federal sino sólo en ocho Provincias de las diez que conforman el país Canadá, sólo faltaban de conferir matrimonio a los homosexuales hombres y a las lesbianas mujeres dos Provincias, la Provincia del Príncipe Eduardo y la Provincia de Alberta, en el resto en las otro ocho provincias restantes ya era legal y legítimo el casarse dos personas de igual sexo; las ocho Provincias dónde ya era legal el matrimonio para homosexuales eran: Ontario, Quebec, Manitoba, Saskatchewan, Columbia Británica, Nova Scotia, Nuevo Brunswick y Terra Nova y Labrador y el Territorio de Yukón y el de Nunavut, ésas son las provincias y Territorios que permitían ya el matrimonio a los hombres homosexuales y a las mujeres lesbianas con personas de su mismo sexo. En esas jurisdicciones vivimos el 93% de la población del reino entonces faltaba el diez por cien solamente.

Lamentable y sistemáticamente las comunas gai de América luchan por presentar a los gringos como los dioses elegidos del Altísimo y, soslayan al Canadá que sin tanta alharaca y sin cristianismo ni dogmatismo ninguno se ha conferido su pueblo este derecho humano dando legal y legítimamente ese regimen civil sin ningún problema.

Hay una obsesión por los estados unidos gringos de América de presentarse como ejemplares dirigentes, los gringos se exhiben como faro señero de libertad, igualdad, democracia, respeto, etcétera, los gringos se fingen guía señera y luz esplendente de derechos y amor, todo eso categóricamente es falso pues basta ver la conducta de walker bush y sus integristas y dogmáticas huestes cristianas sanguinarias que declaran sin ambages el odio por nosotros los homosexuales y por los musulmanes, eso es odio y no amor del que tanta propaganda barata hacen de sí esas fieras rampantes ávidas de sangre humana.

Canadá posee las mejores leyes del continente América (aún se llama así) para defensa de los derechos para homosexuales y las lesbianas; Canadá posee las leyes para extinguir la homofobia, nuestras leyes en la materia son ejemplares, v.gr. la homofobia está tipificada como delito penal esto para darles una Ley concretísima y no sólo subjetivas opiniones sin fundamento como suelen hacer los cristianos mendaces hide. Esto es lo que debería fomentar toda religión: el respeto a la dignidad humana y no lo que fomentan que es el odio y el amor a la muerte.

El Excelentísimo Primer Ministro del Canadá para hacer sólido y firme esta novísima y actual Ley de Matrimonio Civil, Ley que incluye las parejas de mismo sexo, dichas homosexuales y lésbicas, presentó ese proyecto de Ley C-38, primero, ante suprema instancia judicial del reino: la SUPREMA CORTE DE JUSTICIA DEL CANADÁ, ésta, obviamente pletórica de justicia y sano juicio, el jueves 9 de diciembre de 2004 determina, henchida de justicia y sapiencia, que un matrimonio es el celebrado entre dos personas sin importar el sexo de éstas, ya no es más entre un hombre y una mujer como dijo La Ley Constitucional dada en Lontres, Reino Unido de la Gran Bretaña, en 1867, tiempos vetustos y anacrónicos. Los nueve jueces de la Suprema Corte de Justicia del Canadá unánimemente encontraron discriminación hacia los homosexuales hombres y mujeres, a casarse con sus parejas por ello dan su aprobación para nuestro sagrado civil matrimonio homosexual; ya antes en el tiempo pasado la Corte Superior de Ontario había encontrado inconstitucional negar el derecho de dicha institución a la población homosexual, el 15% de los canadienses son homosexuales. Para este histórico juicio magistral y sabio la suprema instancia judicial declaró categórica:

“Nuestra Constitución es un árbol viviente el que, gracias a una interpretación progresista, se adapta y responde a las realidades de la vida moderna. Interpretada de modo liberal la palabra Matrimonio no excluye el matrimonio entre personas del mismo sexo” ; más adelante añadió esa magnánima institución que el Matrimonio de cónyuges del mismo sexo no le quita nada a nadie, laudable.

La Suprema Corte rehúsa dejarse manipular por la sanguinaria religión católica y por la sanguinaria religión evangélica, ambas quisieron imponer que un matrimonio es entre un hombre y una mujer solamente así, la división Iglesias-Estado en Canadá es categórica pues las religiones pueden ordenar en el interior de sus clubes privados lo que les plazca pero en asuntos de estado no gobiernan esos clubes denominados religiones por ello en lo civil el legislador dejó que el matrimonio es entre dos personas sean éstas de sexo igual o diferente.

La Resolución de la Suprema Corte del Canadá preveé que las religiones que no acepten en sus estatutos y leyes internas el Matrimonio para parejas del mismo sexo, pueden negar su verificación o su bendición toda vez que es de competencia provincial quién consagra un matrimonio y no de competencia federal, además de ello la Suprema Corte habla de Matrimonio civil y no religioso, esa Corte da Leyes no dogmas de fe como lo hacen esos clubes religiosos.


Para este histórico juicio la suprema instancia judicial declaró categórica:
“Nuestra Constitución es un árbol viviente el que, gracias a una interpretación progresista, se adapta y responde a las realidades de la vida moderna. Interpretada de modo liberal la palabra Matrimonio no excluye el matrimonio entre personas del mismo sexo” ; más adelante añadió esa magnánima institución que el Matrimonio de cónyuges del mismo sexo no le quita nada a nadie, laudable.

Así la Corte Suprema de Jusicia declaró categórica justo y necesario el matrimonio para homosexuales y para lesbianas, fue así dado por el máximo tribunal el juicio histórico a nivel planetario; ya con este sapientísimo Juicio maestro, el Primer Ministro del Canadá el 28 de junio de 2005 presentó ante las Casas del Parlamento canadiense en Ottawa, ese proyecto de Ley C-38, el Parlamento Federal ese 28 de junio de 2005 en su Cámara de los Comunes aprobó esa Ley, la Ley C-38 del matrionio civil, aprobadad por 158 votos a favor siendo 133 en contra. Apoyaron la ley el soberanista Bloque Quebequense (BQ), el socialdemócrata Partido Neodemócrata y un centenar de diputados del Partilo Liberal.

El judío Ministro de Jusicia Irwin Cotler declaró sobre esta Resolución de la Suprema Corte de Justicia que “el prohibir el Matrimonio a los gai es una discriminación inaceptable en una sociedad moderna”, también dijo “La Corte dijo claramente que el acceso de los gai y de las lesbianas al Matrimonio es un asunto de derecho y de igualdad”. El Excelentísimo Primer Ministro Paul Martín declaró que es un asunto de dignidad humana, dijo también “Yo no creo que podamos tener dos clases de ciudadanos” para ello Martín propugnó un Proyecto de Ley que presentó en 2005 ante la Cámara de los Comunes en el Parlamento que generó la realidad del matrimonio para todos los ciudadanos incluyendo por ende los gai y las lesbianas. En las Casas del Parlamento los Diputados Miembros del Parlamento estuvieron divididos como sigue: la mayoría de el Partido Conservador estuvieron obviamente en contra pues son anacrónicos y estólidos, a favor de esta nueva concepción liberal del Matrimonio que incluye el Matrimonio para homosexuales estuvieron la mayoría del Bloque Quebequense. todos los Neodemócratas y poco más de la mitad de los Liberales, todos los Ministros del Gabinete del Gobierno excepto el estulto secretario de Estado del Gobierno responsable de desarrollo económico en el Norte de Ontario, Joe Comuzzi, que dimitió.

Ya aprobada la Ley C-38 sobre la novísima concepción de Matrimonio, dicha Ley C-38 fue turnado al Senado quien después de árduo estudio de esa Ley, el miércoles 19 juLio de 2005 confirió su aprobación con votó 47 voces a favor y 21 en contra. Tres Senadores se abstuvieron de votar. Finalmente esta Ley C-38 el jueves 20 de juLio de 2005 recibió la Real Sanción, la cual fue conferida para su promulgación; esta Real Sanción fue conferida por la Jefa de la Suprema Corte del Canadá la Excelentísima Beverley McLachlin en lugar de la Señora Gobernadora, esto debido a que la Gobernadora General esaba recién operada quirúrgicamente. Entonces los homosexuales/lesbianas al través del Canadá ya podemos casarnos civilmente, de manera legal, a nivel federal desde ese año de Gracia de 2005.

La Provincia de Alberta siempre influenciada por la cultura gringa y sus sectas cristianas integristas rehúsa durante unas horas la Resolución de la Suprema Corte de Justicia, esa Provincia durante unas horas exige un reférendum sobre esta sapientísima resolución, a ello el judío Ministro Federal de Jusitica Irwin Cotler le responde que no habrá tal consulta popular pues:

“La Constitución canadiense establece que todos los canadienses somos iguales ante la Ley y que todos gozamos de ese derecho humano a casarnos”

Si no hubiere sido Sancionada esta Ley del Matrimonio del Premier Paul Martín por las Casas del Parlamento y por Su Excelencia la Señora Gobernadora General del Canadá, hubiera sido precisado de disolver el Parlamento; así y todo por ser la Suprema Corte quién definió el concepto de Matrimonio como “la unión de dos personas” y ya no como la “unión de un hombre con una mujer” como antes era la definición ésa, al final, amén que no hubiere sido sancionada esa Ley en el Parlamento, en todo litigio ante los tribunales sería inamovible el “magister dixit “ de esos magistrados de la Corte Suprema y “a fortiori” el Matrimonio en su “status quo” prevalecerá como ya es “la unión de dos personas” como quedó dicho sapientemente en esa Sentencia este nueve de diciembre del Año del dios de 2004, luego, guste o no queda “a eternum” la última definción de matrimonio para todo dios.

En hablando de esa sapientísima decisión la Suprema Corte del Canadá declaró: “la Constitución, las leyes y los valores son un árbol viviente que se mueve, que vive y que evoluciona”, v.gr. en el pasado las religiones nos decían que los negros eran animales y salíamos (los blancos) a cazarlos como si fueran los negros no humanos sino como si fueran liebres o zorros, ahora son humanos, tomó seiscientos años al Mundo entender que los africanos no eran animales sino humanos, lo mismo con los judíos de quiénes la iglesia nos decía que eran enemigos del dios, igual se cree hoy en Iberoamérica que los indios son menos que los mestizos y los explotan y los matan, y la verdad es que son humanos como todo dios. La causa de esos horrores sanguinarios derivan de la biblia pues la biblia acepta sin empacho el esclavismo, el ataque a otras naciones y fomenta con sandeces la homofobia, curioso que hoy en día nadie use la biblia para instaurar el esclavismo incluso si está muy bien visto en la biblia pues la biblia ve con buenos ojos el esclavismo, en la biblia también está bien visto el violar mujeres, está muy bien visto violar a sus esclavas y quitarles sus hijos para regalarlos a la esposa se ve eso en Abraham, Jacob e Isaac que toman a sus esclavas para hacer hijos y robárselos para darlos a sus espositas lindas y amadas, de eso nadie dice nada en contra, la moda en la moral cambia y los valores también, en la Grecia Antigua era sano y moral tener esclavos, en el Antiguo Egipto también y ahora es inmoral el esclavismo, así pues vemos que la moral cambia, hoy ya no es tiempo de proseguir con la homofobia a los homosexuales ni a las lesbianas, todo indica que el humano moral erradica la homofobia de la vida civil soslayando a los magos chamanes, pastores, obispos, sumos sacerdotes, y papas quienes cuentan sus cuentos infantiles nefandos que fomentan el odio y el genocidio. Había más paz cuando había menos religión, hoy que vemos aumentar la religiosidad, el fanatismo, el dogmatismo y el integrismo, religiosos siempre, vemos que las matanzas se multiplican a nivel exponencial para alegría de las compañías fabricantes de armas, fábricas en Colorado Springs dónde los pastores trabajan con ahínco en esas inversiones, en colorado springs, es el profundo gringo, sitio dónde está el ‘cinturón bíblico’ lugar que cuenta con el mayor número de templos cristianos y el mayor número de fábricas de armas y las más eximias bombas como la que reparte granadas de colores para que les exploten a los infantes que deja vivos, cristianísimas bombas ésas las fabricadas por los cristianísimos hombres defensores de la guerra y genocidios nazis.






Hasta hoy un año después de sancionado el matrimoniio a los gay, se han verificado DIEZ MIL matrimonios de parejas homosexuales en el Canadá.

Algunos, sólo algunas de esas parejas, son matrimonios de parejas de otros países; esto obedece, hay que notarlo bien para no confundir con apreciaciones estólidas, esto obedece a que el Canadá es el único país que confiere el matrimonio a parejas homosexuales extranjeras, derecho que no da el hermosísimo Reino de España ni el Reino de Bélgica ni Holanda.

Al Canadá muchos homosexuales inmigran de todo el Mundo y de todo el continenente (América se llama hasta hoy el continente) incluyendo estados unidos gringos de América, esto porque no soportan sus sectas violentas generadoras de la violencia contra los gay en ese país en el que somos liquidados con facilidad como acontece de la misma suerte en: Guatemala, México, El Salvador, Brasil, Arabia Saudita, Sudán, Afganistán, Irán, etcétera.

Estadísticas Canadá estima en diez por cien como mínimo la población homosexual del reino, ese Ministerio consciente está que ese porcentaje es bajo pues se considera bien que es mucho mayor en la realidad pues muchos no declaran su homosexualidad o su bisexualidad en el trabajo o en las estadísticas o en los censos.

www.outbyview.com/index.php?cPath=111.
http://www.outbyview.com/pdf/wedding_in_canada.mov