dioshomosexual
Ago 9, 2009, 10:44 PM
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BUKAVU, Congo: Denis Mukwege, un ginecólogo congoleño, ya no puede soportar escuchar más historias de sus pacientes. Cada día, diez nuevas mujeres y niñas violadas acuden al hospital. Muchas han sufrido unos ataques tan salvajes, unas carnicerías con bayonetas y unos asaltos con trozos de madera tan fuertes que sus sistemas reproductivo y digestivo no pueden repararse. «No sabemos por qué ocurren estas violaciones, pero hay una cosa clara», afirma Mukwege, que trabaja en la provincia South Kivu, el epicentro de la epidemia de violaciones del Congo. «Se hace para destruir a las mujeres». La parte este del Congo sufre otra convulsión de violencia y esta vez parece que se ataca a las mujeres de forma sistemática en unas cantidades nunca antes vistas aquí. Según las Naciones Unidas, en 2006 se informó de 27 000 ataques sexuales sólo en la provincia South Kivu y probablemente esa sea sólo una parte del número total en el país. «La violencia sexual en el Congo es la peor del mundo», afirma John Holmes, vicesecreatrio general para asuntos humanitarios de la ONU. «Las cantidades, la brutalidad indiscriminada, la cultura de la impunidad: resulta devastador». Se suponía que habían terminado los días de caos en el Congo. El año pasado, este país de 66 millones de personas celebró unas elecciones históricas que costaron 500 millones de dólares, con la intención de terminar con las guerras y rebeliones del Congo y con su tradición de absolutamente mal gobierno. Pero las elecciones no han unido al país ni fortalecido la mano del gobierno con las fuerzas de renegados, la mayoría de los cuales no son del país. El sistema de justicia y el ejército apenas funcionan y los funcionarios de la ONU afirman que las tropas gubernamentales se encuentran entre los peores criminales cuando se trata de violación. Grandes áreas del país, especialmente el este, continúan siendo zonas sin autoridad, donde los civiles se encuentran a merced de grupos fuertemente armados que han hecho de la guerra un modo de vida y sobreviven asolando pueblos y secuestrando mujeres para pedir su rescate. Según las víctimas, uno de los grupos más nuevos que ha aparecido se llama los Rasta, un misterioso grupo de fugitivos con pelo de ese estilo que viven en lo más recóndito del bosque, llevan chándal y jerséis de Los Angeles Lakers y son famosos por quemar bebés, secuestran mujeres y, literalmente, partir en pedazos a cualquiera que se interpone en su camino. Los funcionarios de la ONU afirman que los Rasta formaban parte de las milicias hutu que huyeron de Ruanda después del genocidio de 1994, pero parece que se han escindido y se especializan en crueldad por su cuenta. Honorata Barinjibanwa, una joven de 18 años, explica que la secuestraron de un pueblo que los Rasta atacaron en abril y la mantuvieron como esclava sexual hasta agosto. La mayor parte del tiempo permanecía atada a un árbol y todavía conserva marcas de cuerda en torno a su cuello. Los hombres solían desatarla durante algunas horas al día para violarla en grupo, dice. «Estoy débil, tengo hambre y no sé cómo volver a comenzar mi vida», afirma en Panzi Hospital (Bukavu), adónde la llevaron después de que la soltaran sus captores. También esta embarazada. Aunque la violación ha sido siempre un arma de guerra, los investigadores explican que temen que el problema en el Congo se haya metastatizado en un fenómeno social más amplio. «Supera el conflicto», explica Alexandra Bilak, que ha estudiado a los grupos armados en torno a Bukavo, en las costas del lago Kivu. Explica que la cantidad de mujeres violadas e incluso asesinadas por sus maridos parece ir en aumento y que la brutalidad contra las mujeres se había convertido en algo «casi normal». Malteser International, una organización humanitaria europea que organiza clínicas en la parte este del Congo, estima que tratará 8 000 casos de violencia sexual este año, en comparación con 6 338 el año pasado. La organización afirma que en una ciudad, Shabunda, el 70 por ciento de las mujeres han sufrido abusos sexuales brutales. En el Hospital de Panzi, donde Mukwege realiza hasta seis operaciones quirúrgicas diarias relacionadas con violaciones, las camas se llenan de mujeres que se acuestan sobre su espalda y bolsas de colostomía colgando a su lado debido a todos los daños internos que han sufrido. «Continúo sufriendo y tengo escalofríos», explica Kasindi Wabulasa, a la que violaron cinco hombres en febrero. Los hombres pusieron un rifle AK-47 en el pecho de su marido y le hicieron mirar, amenazándole con dispararle si cerraba los ojos. Cuando terminaron, le dispararon de todos modos. En casi todos los casos que se han comunicado, los culpables se describen como jóvenes con pistolas, y en las colinas de belleza engañosa del lugar no faltan de esos: los soldados mal pagados y a menudo amotinados del gobierno; las milicias locales, llamadas Mai-Mai que se untan con aceite antes de entrar en combate; los miembros de grupos paramilitares originalmente de Uganda y Ruanda que han desestabilizado esta zona durante los últimos diez años en su búsqueda de oro y las demás riquezas que pueden extraerse del suelo explotado del Congo. Los ataques continúan a pesar de la presencia del mayor número de fuerzas en apoyo del mantenimiento de la paz de la ONU, con más de 17 000 soldados. Pocas parecen escapar a esta suerte. Mukwege afirma que su paciente más viaja tenía 75 años y la más joven, 3. «Algunas de estas niñas cuyas entrañas han quedado destruidas son tan jóvenes que no comprenden qué les ha ocurrido», explica. «Me preguntan si podrán tener hijos algún día y resulta duro mirarles a los ojos». Nadie, médicos, cooperantes, investigadores congoleños, investigadores occidentales... puede explicar exactamente por qué está pasando. «Esa es la pregunta», afirma André Bourque, un asesor canadiense. «La violencia sexual en el Congo alcanza un nivel que nunca se había alcanzado jamás antes en ninguna parte. Es incluso peor que en Ruanda durante el genocidio». La impunidad puede ser un factor contribuyente, añade Bourque, explicando que se castigan muy pocos culpables. Muchos cooperantes congoleños niegan que el problema sea cultural e insisten que la gran cantidad de violaciones no son el producto de algo incrustado en el modo en que los hombres trataban a las mujeres en la sociedad congoleña. «Si ese fuera el caso, se hubiera mostrado mucho antes», afirma Wilhelmine Ntakebuka, que coordina un programa contra la violencia sexual en Bukavu. En su lugar, explica, la epidemia de violaciones parece haber comenzado a mediados de los años 1990. Esto coincide con las olas de milicianos hutu que escaparon a las selvas del Congo después de exterminar a 800 000 tutsis y hutus moderados durante el genocidio de Ruanda hace trece años. Holmes afirma que aunque las tropas gubernamentales pueden haber violado a miles de mujeres, los ataques más violentos son obra de las milicias hutu. «Estas son personas que participaron en el genocidio y cuya personalidad ha quedado destruida por él», afirma. Bourque se refirió a este fenómeno como «inversión de valores», explicando que podía aparecer en áreas que sufren traumas muy fuertes y han estado inmersas en conflictos durante muchos años, como la parte este del Congo. Este lugar, una de las áreas de belleza natural más hermosa en África central, continúa reverberando con los ramalazos del genocidio en el país vecino. Como ejemplo, la lucha reciente cerca de Bukavu entre el ejército congoleño y Laurent Nkunda, un general disidente al mando de un ejército rebelde numeroso. Nkunda es un tutsi congoleño que ha acusado al ejército de su país de apoyar a las milicias hutu, afirmación que niega el ejército. Nkunda afirma que sus rebeldes sólo desean proteger a los civiles tutsi para evitar que se conviertan de nuevo en víctimas. Pero sus hombres no son mejores. Willermine Mulihano explica que la violaron dos veces: primero, hace dos años, unos milicianos hutu y después, en julio, los soldados de Nkunda. Dos soldados le mantuvieron las piernas separadas, mientras que otros tres se turnaron para violarla. «Cuando pienso en lo que ocurrió», explica, «me siento angustiada y destrozada». También se siente sola. Su esposo se divorció de ella después de la primera violación, acusándola de tener alguna enfermedad. En algunos casos, los ataques se realizan sobre civiles que ya están atrapados en el fuego cruzado entre grupos combatientes. En un pueblo cerca de Bukavu donde violaron a 27 mujeres y asesinaron a 18 civiles en mayo, los atacantes dejaron una nota escrita en un swahili muy sencillo explicándoles que la violencia continuaría hasta que las tropas del gobierno abandonaran la zona. Las tropas de la ONU encargadas del mantenimiento de la paz parecen estar aumentando sus esfuerzos para proteger a las mujeres. Hace poco comenzaron lo que llaman «alumbramiento nocturno», en el cual tres camiones de tropas de la ONU se adentran en la espesura y mantienen encendidos sus faros toda la noche como señal para los civiles y para grupos armados de que se encuentran allí. En ocasiones, la mañana sorprende a hasta 3000 personas acurrucadas en el suelo en torno a ellos. Pero el problema parece mayor que los recursos destinados a su resolución en estos momentos. Panzi Hospital tiene 350 camas y, aunque está construyéndose una nueva planta específicamente para víctimas de violación, el hospital devuelve a las mujeres a sus pueblos antes de que se hayan recuperado por completo porque necesita espacio para el flujo eterno de nuevas llegadas. Mukwege, de 52 años de edad, recuerda los días en que Bukavu era famosa por sus asombrosas vistas del lago y los parques nacionales cercanos, como el Kahuzi-Biega. «Solía haber muchos gorilas por aquí», explica. «Pero ahora les han sustituido unas bestias mucho más salvajes»._
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