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La historia religiosa de Melinda
felixpravskaia


Nov 21, 2005, 11:50 PM


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La Historia Religiosa de Melinda.



Ella, quien fuera monja en un principio y terminara sus días deseando la muerte del Papa…

Esto no se trata de una crítica que podría ser bien merecida. Es una reflexión, acerca de una psiquis que desde muy temprano se vio alterada por un mal llevado apego a la religión católica… esa misma que no acepta la homosexualidad. Es acerca de un curioso desenlace, que parece indicar que una cosa es la que determina el propio Dios, y otra muy diferente la que determina la estupidez de aquellos seres humanos que malinterpretan su “palabra” a través de la Biblia.








***

Melinda, según me iría enterando, desde muy corta edad dio muestras de poseer una personalidad déspota y sumamente desconsiderada. La malcriadez que de algún modo aflora en nosotros y hace padecer a nuestros padres, en ella se manifestó extremada, odiosa hasta el límite. Sus padres la sufrían con su mal trato, y también sus hermanos menores – supongo que era ignorada por los mayores - numerosos dentro de una familia que a la postre veía su estabilidad económica tambalearse a causa de la eterna inestabilidad política venezolana. Y cuando Melinda llegó a una edad en la que podía ayudar a su familia con el aporte de su trabajo… decidió convertirse en monja y abandonó el hogar. Cristalizaba con ello una aparente añoranza, que atestiguaban los libros y folletos religiosos que colmaban su pequeña biblioteca, disputando el poco espacio con una extraña documentación basada en Demonios y vampiros.

Debo confesar que, muchos años después, al leer yo a escondidas este extraño material satánico, adquirí un gusto irreprimible por los trasgos que hacen las delicias de los amantes del terror, temiéndoles realmente.

Pero ya me he saltado unos años. Para cuando yo nací en aquella Caracas no comunista, Melinda era apenas una fotografía en blanco y negro, colocada en la mesa del salón comedor. Una lejana religiosa, vetusta, extraña en su tocado blanco y negro, posando al lado de un cura que calzaba sandalias, en el rincón de algún floreado jardín de convento español.

Con variado uniforme religioso la vi aparecer varias veces en mi vida, sucesivamente, al impulso de sus caprichos o inquietudes que la hacían renunciar una y otra vez a ser la Esposa del Señor, revelándose contra un estilo de vida tan esclavizante como es el de las monjas. En el ínterin de estas escapadas – que yo siempre miraba de lejos, primero porque ella me parecía de poco confiar, y luego porque cuando murió su madre yo la pillé mirando de mala manera el ataúd, y le tomé más idea - Melinda cambió varias veces de apariencia y de personalidad, siendo ora una rubia mujer trabajadora de oficina, ora personificando a una escritora con cabello negro recogido en severo moño sobre la nuca, lentes de carey y expresión concentrada, ora una mujer casada que nunca supo ser en realidad ama de casa.

Más tarde se convirtió en viuda, y este suceso antecedió su regreso al convento. Podría decir cualquiera que era una vida muy pintoresca… si lográramos ser tan superficiales.

Disfrazada de monja, escapó de nuestra cotidianeidad y se refugió en Colombia, de donde a los dos años llegó nuevamente de civil para iniciar una serie de amoríos y de empleos; también para amontonar posesiones, para intrigar, odiar, amar… Al final de aquella época en particular, tan loca, la encontré sentada en la sala de mi casa, transformada en una mujer que parecía salida de la noche, con el cabello convertido en un enorme afro rojo, encarnado como la línea baja de su escote y sus labios desafiantes, en cabaretesco contraste con sus pulseras y tacones dorados . Para ese momento yo estaba entrando en la adultez, pero con la misma prudencia del otrora niño miré hacia otro lado y me alejé para ocuparme de mis propios asuntos.



Los años continuaron pasando, inexorables, y cuando volví a saber de ella, había renunciado a la vida loca y hasta al propio catolicismo… para abrazar la religión evangélica. Rubia de nuevo – ya no cambiaría jamás este color de cabello – vestida con una bata blanca, fue bautizada en una piscina y desde entonces no abría la boca sin decir amén dos veces y proclamar su odio a Juan Pablo II. ¿Llegó ella a querer alguna vez al Papa? Nunca se lo pregunté, y no se la respuesta. En esa época yo dudaba que ella quisiese a alguien más a parte de sí misma. No teníamos punto en común, pues ya yo me sabía gay y ella era una mujer sectarista, con una moral que auto proclamaba férrea. Quedábamos así catapultados definitivamente hacia los polos opuestos de una misma familia.



****

Melinda llegó a la vejez en medio de esta descontrolada lucha por encontrarse a sí misma. Y por una vez más, incorregible, zarandeó su vida con todo el rigor de la inconstancia. Se nos perdió de vista, no teníamos noticias de ella, nos intrigaba su paradero, y un día llegó una carta desde España, en la que nos pedía una transferencia de fondos de sus bancos, pues de nuevo era monja católica - sin haber renunciado al evangelismo, cosa que jamás supieron las monjas que le dieron cobijo en el convento español - y quería regresar a Venezuela.



Al aeropuerto fuimos a buscarla, para verla llegar con sus cabellos oxigenados, que nunca tuvo que descuidar porque los escondía de las severas miradas religiosas bajo su tocado negro.

En esta etapa, la última, comenzó a hacer vida de comerciante. Compraba y vendía joyas, televisores y equipos de video, en una afiebrada actividad comercial que la alejaba de Dios para acercarla más a Alá, porque parecía una turca.

Hasta que un día advertí que se había convertido en una anciana, a la que le costaba un poco caminar, y esto me tomó literalmente de sorpresa, pues descubrí que había pasado casi toda mi vida procurando evitarla. Resentía de la forma en que había atormentado a mis abuelos, a su hermana menor mi madre, al resto de sus familiares, y a sus amigos.




Casi un año después de este descubrimiento, mi madre me pidió que acudiera velozmente a su casa, porque la tía Melinda se sentía muy mal. Fui, contrariado porque yo tenía otras cosas que hacer, porque me estaba interrumpiendo con sus cosas, o porque sencillamente me parecía injusto tomarme la molestia por una persona que jamás había hecho nada por mí. Media hora tardó en trayecto, y cuando llegué a su casa la encontré sin conocimiento. Estaba agonizando, en medio de aquel amontonamiento de muebles, artículos para la venta y objetos religiosos que era su cuarto, su último refugio.






Y la tía Melinda, la religiosa, la sectarista, murió en los brazos de quien posiblemente era la última persona que hubiera querido que la asistiera, en sus últimos momentos: un homosexual.

Lloré conmovido esa tarde, impresionado por el hecho mismo de la muerte, y por la remembranza de todo lo que acabo de contaros.

¿No somos los seres humanos bizarros de una u otra manera? ¿No lo es el Destino, la vida misma?


Félix Pravskaia.